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miércoles, 11 de abril de 2018

Proyectos 2018

Este año he decidido retomar todos los proyectos que tenía en stand by desde hace mucho. Paso a detallar cada uno de ellos:

- Crux Team: La Caza de Sor Zenaguer
Número pendiente desde 2014, aunque solo a falta de entintar. Las consecuencias del choque entre Vendetta-Men y Crux Team en el nº2 de Aluzine Comix Presenta. El Crux Team tiene la misión de traer de vuelta a Sor Zenaguer, que ha dimitido del equipo. Además, ¿quién es el peligroso recluso que ha escapado de las celdas del Vaticano?
También podremos ver una historia de los Sacerninjas, dibujada por Juanma Castillo y con portada de Antonio Santos.

- Aluzine de Fanzine 10
Tras el número 9, publicado en diciembre de 2015, volvemos a trabajar con este soporte de nuestras creaciones más heterogéneas. El material aportado por Maese ABL ya está listo, y yo tengo dos historietas para entintar, más un relato ya terminado que también incluiré.

- Mara & Puffy: Aventuras Rollo-Bollo
Mara Choff y Puffy la Cazavampiros se ven envueltas en un misterio que les llevará a lugares extraños, se las verán con seres sobrenaturales, indagarán sobre el pasado del Universo Aluzine y precipitarán el regreso de cierto personaje perdido hace años. Más de la mitad acabado, a falta de entintar y de la historieta de complemento.

- Falsas Tomas Falsas: Año 3
Incluirá la cuarta temporada de esta serie de tiras cómicas basada en el Universo Cinematográfico Marvel, la última que publiqué (y quedó inconclusa), más otras series de tiras como La Tontada de la Semana o Frikiactualidad.

- Las Bizarras Aventuras de Pacca Pork: Temporada 2
Este mes he comenzado a publicar las nuevas tiras, algunas de ellas escritas a finales de 2016, donde seguiremos conociendo el surrealista mundo donde habita Pacca, mi Mafalda personal.

- Vendetta-Men: Invasión Discreta
Dos historias enlazadas del más famoso grupo de superhéroes del Universo Aluzine, aun retocando los guiones para actualizarlos, ya que las primeras versiones de éste datan de 2014.

Seguid atentos a este blog y a Facebook para más noticias!

lunes, 2 de abril de 2018

No te vayas

El microrrelato que pongo a continuación fue presentado a un concurso a finales del pasado año. Al no resultar ganador (oooh) puedo publicarlo en el blog. La premisa del concurso era que la temática debía ser ciencia ficción o fantasía, con un máximo de 100 palabras. Ahí lo tenéis:

NO TE VAYAS

No me puedes hacer esto. Sé que apenas ha pasado una semana, pero no es justo que me dejes así, sin más. Creo que hemos conectado, como nunca lo había hecho con nadie. Llegaste de repente, tan súbitamente que al principio estuve aterrorizado. Luego, al ver esos grandes ojos, me dejé llevar. Incluso cuando me hacías todas esas cosas… dejé que penetraras en mis más íntimos rincones.
Ahora que ya tienes lo que buscabas, te marchas. Me dejas justo donde me encontraste, y tu nave surca de nuevo los cielos y desaparece, para abducir a otro.
¡No! No te vayas…

lunes, 19 de junio de 2017

Mi Hijo

He retocado y ampliado un relato que tenía a medias, que escribí a finales de año. ¿Una reflexión sobre la paternidad más allá de lo meramente biológico? Puede ser...

MI HIJO

Casi desde el principio, sospeché que Alberto no era hijo mío. Cuando su madre quedó embarazada habíamos pasado una mala racha. Una de esas rachas en las que sobrepasas los límites. En las que se dicen cosas que uno no piensa. En las que se pierde el respeto por el otro. En las que pasan días sin hablar y se termina haciendo cosas de las que te puedes arrepentir toda la vida. Yo lo hice, y con una chica que ni siquiera me gustaba. ¿Por qué no iba a hacerlo ella también?
Que se pareciera tantísimo a su madre, y tan poco a mí, aunque a la familia no le extrañase, me inquietaba. Pero a pesar de todo, cuando llegó Alberto lo quise como a un hijo, incluso con esas dudas. Me levanté por la noche cuando lloraba. Cambié sus pañales y le di el biberón… hasta hoy, que ha cumplido a principios de mes ocho años.
Estoy sentado en el salón. Bárbara ha salido de compras con su amiga, pija y snob como ella sola, Lorena. Alberto tiene que llegar de un momento a otro de jugar en casa del vecino, un niño de su misma edad, de padres bolivianos. Llama a la puerta, aunque no como siempre, lo noto apresurado. Llama de forma insistente. Al abrir, me quedo impactado. Sus manos y su cara están llenas de sangre. Mi primera reacción es cogerlo y, sin cerrar la puerta siquiera, meterlo en casa. Lo reviso, comprobando que no tiene heridas, mientras le pregunto, quizás en un tono demasiado alto, qué le ha pasado.
Él, como si se hubiera quedado mudo, está mirándome, como en éxtasis. No me responde. Casi no reacciona físicamente a los balanceos que le doy mientras reviso cada centímetro de su cuerpo, buscando explicaciones ante el estado en el que ha llegado. Pierdo los nervios y grito:
- ¡¡Qué demonios ha pasado, Alberto!!
Él solo abre los ojos, un poco más, como despertando de un sueño. Pero sigue sin hablar. Lo siento en el sofá y le advierto de que no se mueva de ahí. Cojo las llaves y me dirijo al piso del vecino. Ni siquiera recuerdo el nombre del niño. Mucho menos el de sus padres. Subo las escaleras hasta la quinta planta, saltando los escalones de dos en dos. Al llegar a la puerta, entreabierta, llamo con los nudillos, pero no espero ni un segundo. Entro, con el corazón acelerado. Pero más velocidad alcanza cuando veo el panorama que me encuentro en el salón de la casa. El pequeño, en un charco de sangre, con el cuello desgarrado. El padre, en el sofá, con cara de sorpresa, y el pecho empapado de rojo. La elección de una camiseta blanca lo hace casi… artístico. No sé porqué me asaltan este tipo de pensamientos. Veo la cabeza de la madre, asomando por el suelo del pasillo, con los ojos vueltos. Más sangre junto a su cuerpo cuando me asomo unos metros más.
Tras unos segundos paralizado, vuelvo igual de rápido a mi piso. Alberto sigue allí sentado, en el sofá, en la misma postura. Desisto de seguir preguntándole, parece tranquilo, aunque pienso que puede estar en shock.
- ¡Mírame! – le suplico – Por favor, reacciona cariño…
Me mira fijamente a los ojos, y de repente, su mirada se torna diferente, otra vez como la que traía al llegar a casa. Una mirada como de animal salvaje. Salvaje y furioso, como un felino acorralado. Emite una especie de gruñido, aterrador y extrañamente familiar para mí. Su boca se abre levemente, dejando ver entre sus labios unos dientes… no, unas fauces, más parecidas a las de un lobo, o un tigre que a una persona. Estoy aterrado. Pero no por mí, por él. ¿Qué será de mi hijo cuando se descubra lo que ha pasado?
Lo llevo al baño, le quito la ropa y lo meto en la bañera. Abro el grifo, regulando la temperatura, como otras tantas veces he hecho desde que llegó a mi vida. Mientras el nivel del agua sube, y se va tornando rojiza por la sangre pegada a su piel, suenan unos golpes en la puerta.
- ¡Abran, policía!
Lo que en un principio es un sobresalto, se vuelve en mi cabeza rabia y sudor frío. Mis músculos se tensan. Siguen golpeando la puerta. Habrán seguido los rastros de sangre. Me duelen las mandíbulas, me miro en el espejo del baño, y abro mi boca, casi como con una mueca de dolor, o una atroz sonrisa forzada. Mis colmillos… Definitivamente, mis dudas desaparecen. Alberto es mi hijo. Me siento aliviado. Aunque ahora no hay tiempo para regodearse. Hay ocho policías que van a pasar a mejor vida. Y un padre y un hijo que deben buscar una nueva.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Mujer Perfecta

A continuación, el último relato que he publicado, en Aluzine de Fanzine 9 (diciembre de 2015). En este caso, basado en un micro-relato que escribí en 2013, y que para la ocasión amplié, añadiendo detalles y trasfondo al personaje principal, el que habla en primera persona.

MUJER PERFECTA

Cuando la conocí, paseando por el parque, jamás me pude imaginar que aquella mujer tan atractiva pudiera interesarse por mí. No soy precisamente George Clooney. Más bien mi aspecto se puede aproximar más a Danny DeVito. Bueno, DeVito hace 30 años, no me voy a poner peor de lo que soy, a estas alturas. Ella, lo más sexy que había visto en mucho tiempo. Curvas que no pueden salir de los lápices de Horacio Altuna, Milo Manara o Eleuteri Serpieri, mis más febriles y turbadoras lecturas de onanista adolescente. Su pelo largo, negro como la noche de un ciego, y de textura suave a la vista, se contoneaba y jugaba con la brisa otoñal que atravesaba ese parque. Simultáneamente, sus pechos bailaban al ritmo de sus pasos, turgentes y apetecibles, haciéndome sentir que mi edad de lactancia no ha finalizado. Sus caderas sincronizadas con el mismo movimiento de los pechos, en una oscilación hipnotizadora. Sus muslos y glúteos, en una perfecta harmonía entre la voluptuosidad y la firmeza. Aparentemente, debía tener unos 25 años. La ropa, algo ceñida, no invitaba a pensar en que fuera una chica provocativa en demasía. Y su rostro… ¡ah, su rostro! Como si lo hubiera cincelado el mismísimo Miguel Ángel con el más fino mármol, tras diseñarla previamente en un programa de animación 3D en pleno Renacimiento.

Me quedé mirándola, absorto, casi sin importarme que se percatara de ello. Parecía que el tiempo se había detenido en ese instante. Nuestras miradas se cruzaron. Pude ver por primera vez esos ojos, de largas y oscuras pestañas, y azulado iris. Una tonalidad de azul que nunca había visto antes, brillante e intenso, con aspecto casi felino. Como era de esperar, se dio cuenta de mi incesante observación, y, para mi desconcierto, cambió el rumbo de sus pasos, y se dirigió hacia mí.  
- Hola, ¿cómo ti llama? – me dijo con acento exótico, mostrando una amplia sonrisa, sorprendiéndome y haciendo que mi corazón se acelerara como el de un atleta antes de comenzar la carrera.
- Jo…Jo…Jose – balbuceé - ¿Y tú?
- Mi llamo… Arianna. – contestó, casi pareciendo que improvisaba.
- ¿De dónde eres? – Me envalentoné preguntando.
- De muy lejos, ¿eres di aquí? – preguntó, mientras se acercaba lentamente, como un barco llegando en plena noche al muelle de un puerto.
- Si, de Jaén, de toda la vida…
- Podríamos quedar para cena, y así mi hablar de tu tierra.
Me quedé tan sorprendido, que apenas reaccioné…
- ¿He sido muy diricta? – preguntó con cara de avergonzada – No conosco nadie aquí, y busco quedarme en este ciudad.
Ese acento me ponía más y más, como si fuera un hechizo en una extinta lengua arcana. Finalmente accedí.
- De… acuerdo, nos vemos esta noche si quieres. ¿Te parece bien a las nueve, junto a la puerta norte de este parque? Hay un restaurante italiano muy cerca.
- ¡Muy bien! Haste luegu.

Volví a casa a cambiarme, sin apenas creerme que algo así me pudiera suceder a mí, un tipo del montón, del montón de abajo concretamente, de los poco agraciados a los que las chicas de ese nivel de belleza ni se dignan en mirar. Estaba eufórico y atemorizado a la vez. Subí los escalones que llevan a mi piso de dos en dos, como si me hubiera tomado 25 litros de Red Bull. No tenía una cita desde los 21 años… y acababa de cumplir 32. Me miraba al espejo, cambiándome de ropa una y otra vez, pensando que no tenía porqué ponerme tan nervioso. Quizá ella buscaba solo un amigo, alguien que le apoye en su labor de establecerse en esta ciudad. Caí en la cuenta que no llegó a decirme de dónde era concretamente. Entonces recordé a Marta, la única novia que he tenido. Estuvimos juntos tres años. Ella era como yo, nada especial, poco atractiva podría decirse. Comparándola en mi mente con Arianna, era como ver a una princesa elfa junto a un troll. Y recordé aquello que me dijo cuando cortamos: “Nunca vas a encontrar a una mujer mejor que yo, imbécil”. Rápidamente, ese recuerdo se desvaneció, sustituido por la imagen de la preciosa chica del parque.

Salí de casa, con su voz aun retumbando en mi cabeza, con ese acento tan indefinible como excitante. Llegué con quince minutos de adelanto, y comencé a dar vueltas por la acera, nervioso, pensando incluso si todo había sido una broma y me iba a dejar allí plantado esperando. Pero no, llegó, caminado despacio, con la misma indumentaria que llevaba en nuestro primer encuentro esa tarde, sonriendo una vez se fue acercando. Cuando llegó a mi lado, me saludó con un escueto “hola” y me dio un beso en la mejilla. Le expliqué que en España se suelen dar dos besos. Volvió a sonreír y me dio otro, en la misma mejilla. Claramente no conocía las costumbres de aquí.  

Nos dirigimos al restaurante italiano, que estaba apenas a 100 metros de allí. Increíblemente, durante el trayecto me fui relajando. Hablamos sobre la ciudad, acerca de qué monumentos visitar, qué parques, las actividades lúdicas que aquí se organizan… Ella asentía, sin abandonar la sonrisa, y parecía que iba memorizando cada palabra que yo iba pronunciando. Llegamos al restaurante y pedimos una pizza para los dos, eligiendo los ingredientes entre ambos. Me sorprendió que algo tan común como el jamón york o el pepperoni no le gustara. No le insistí en el tema, supuse que era vegetariana. Mientras comíamos, seguimos charlando. Yo iba intercalando algunas preguntas, aunque sin éxito, ya que parecía bastante celosa de su pasado. Pensé que algo malo le había acontecido en su país de origen. ¿Guerra? ¿Malos tratos de su pareja? ¿Trata de blancas quizás? Decidí no darle vueltas al tema y disfrutar del momento.

Tras la cena, a la que invité como un caballero, le propuse tomar una copa. No quería que esta noche acabara nunca. Ella lo rechazó argumentando que no tomaba alcohol.
- ¿Y si enseñas a mí tu casa? – preguntó, sin perder la sonrisa, dejándome con las piernas temblando.
- Sí, claro, estamos solo a 10 minutos. – respondí veloz, antes de que le diera tiempo a arrepentirse.
Nos dirigimos a mi casa, sin dejar de hablar sobre música, pintura, cine... Ella parecía saber de casi todas las disciplinas, al menos lo básico como para mantener una conversación amena, y cada cosa que yo decía la repetía, solo moviendo esos carnosos labios, como una colegiala aprendiendo la lección.

Al entrar en mi piso, le invité a ponerse cómoda y sentarse en el sofá. Ella me miró, se acercó hasta mí y me abrazó, su boca buscó la mía, como si de imanes de inversa polaridad se tratara, y nos dimos un beso, como los de las pelis, que me dejó completamente ido, narcotizado. Y pensar que iba a enseñarle mi colección de DVDs de Star Trek… menudo pringado soy. Comencé a acariciarla, mirándole a los ojos, que parecían iluminarse en esa tenue luz, con un tono aun más azul, como el cielo de verano. Su piel, suave e increíblemente caliente. Le fui quitando el vestido, y ella hizo lo propio con mi camiseta. Después, me bajó los pantalones. Ambos nos quedamos en ropa interior. Ni siquiera me avergoncé de lo extremadamente excitado que estaba, y que se percibía claramente por lo cada vez más abultado de mis slips. De repente, un flash me hizo pensar en la posibilidad que no fuera una chica, que fuera uno de esos transexuales tan femeninos que pueden pasar por mujer. Pasé mi mano por su entrepierna, con disimulo y delicadeza, y respiré aliviado, al no notar ningún bulto sospechoso. No, ahí estaba yo, con la mujer más perfecta que había conocido en mi vida. Al notar que le palpaba, me susurró:
- ¿Buscar algo ahí, Jose?
- No, no, ha sido un accidente, espero no haberte violentado.
- No ti preocupes, no hay nada que ocultar. ¿Eres mío?
- ¿Cómo…? – dije sorprendido, y algo descolocado por semejante pregunta.
- Que si mi perteneses. Si querer ser para mí.
- Sí, soy tuyo. – le dije, casi sin dudar, embriagado por su tacto, su voz y sus ojos.

Se quitó el sujetador, lentamente, y para mi sorpresa, sus pechos… ¡no tenían pezones! La miré a los ojos, y ella, sonriendo, comenzó a bajarse las bragas. Al bajar la vista, me percaté de que no había ombligo alguno donde debería estar. Volví a mirarla a los ojos, ya sin poder ocultar mi consternación y asintió con la cabeza, como intentando calmarme. De nuevo bajé la mirada, y contemplé que no tenía vagina. Era plana, como las muñecas Barbie que les quitaba a mis hermanas cuando era pequeño. Estaba aterrado y prácticamente en shock, incapaz de moverme ni pronunciar palabra alguna. ¿Qué es esta chica? ¿Acaso pertenece a alguna raza de súcubo, que ha venido a por mi alma pecadora? Me cogió la cara, suavemente, con las dos manos y me dijo:
- No temas, he vinido desde muy lejos, como ti dije, para encontrar a alguien en esto planeta que me sirva di guía, di protección, di sirviente... di confidente. Debo estudiar a vosotros hasta que mi pueblo venga a conquistar la Tierra.
Respiré, miré sus ojos, y le respondí sin dudar:
- Ya te lo dije, soy tuyo.

sábado, 18 de julio de 2015

Mensaje del Futuro

A continuación, otro de los relatos cortos que he publicado, en este caso en Aluzine de Fanzine 8 (octubre de 2014), que nació como argumento para una novela, pero decidí condensar en esta pequeña pieza.

MENSAJE DEL FUTURO

Tras el accidente de coche, mi gallardía había menguado. Ni todo el dinero del mundo, en mi caso heredado de mis padres adoptivos, puede salvarte del infierno del miedo. Mi empresa, ahora en manos de la junta de administración, sigue adelante dando suculentos beneficios, a pesar de estos tiempos de incertidumbre. Supongo que después de todo, he sabido invertir mi fortuna.
Han pasado dos años, y sigo encerrado en casa. Mi esposa, Elena, me abandonó, llevándose una parte de mi patrimonio (una pequeña parte gracias a ese bendito acuerdo prematrimonial que mi abogado tuvo a bien de insistir). Aunque no se llevó solo eso, también gran parte de mi autoestima. Ahora sale con un tipo 20 años mayor que ella, gerente de una empresa de nuevas tecnologías. Es lo que tiene investigar durante horas en las redes sociales. Internet se ha convertido en mi ventana al mundo. Una ventana tranquila, sosegada y, lo que es más importante, segura. Algún amigo me dice que estoy deprimido. No. Lo que pasa es que he despertado del letargo de la ignorancia. Mi instinto de supervivencia se ha hiperdesarrollado. No volverá a pasar, eso es seguro.

Llaman a la puerta, miro por el videoportero y solo veo un tipo con gafas de sol, algo despeinado, de mi estatura, aunque algo más delgado. Es muy tarde para que sean comerciales de telefonía o de seguros. Y no tiene pinta de Testigo de Jehová. Por unos instantes pienso en ni siquiera contestar, pero mi curiosidad me apremia, llevo días sin hablar con nadie. Así que descuelgo el intercomunicador.
- ¿Quién es?
- Buenos días – comienza con firmeza el desconocido - ¿El señor Gil-Martín, por favor?
- Sí, dígame, soy yo.
- Por favor, permítame charlar un momento con usted. Es algo… personal. Y delicado, para hablar por un porterillo.
- ¿Me puede decir qué desea? Estoy bastante ocupado – mentira…
Entonces, el hombre de la puerta se gira hacia la cámara directamente, se quita las gafas de sol y una sacudida recorre toda mi espina dorsal. Mi primera impresión es que me resulta exageradamente familiar. Décimas de segundos después, mi cerebro tiene otra certeza: él es prácticamente yo.
Nervioso, le digo que pase, pulsando con mi mano temblorosa el botón de apertura de la verja. Observo como el individuo entra, cierra a su paso, y se dirige presto hacia la puerta de la casa, a través del jardín. Abro la puerta, con la cadena de seguridad puesta, y miro asombrado el rostro del extraño visitante.
- Rubén – comienza a decir, mirándome con la cabeza ladeada a través de la rendija que deja la puerta entreabierta – creo que sabes quién soy, ¿verdad?
No consigo articular palabra, mi mente está en plena ebullición, casi creo que es un sueño. Finalmente, asiento con la cabeza. Él sonríe y continúa:
- Efectivamente, soy tú dentro de diez años.

Aunque una parte de mí se lo esperaba, el oírlo de su boca, con ese timbre de voz semejante al mío, algo más ronco, hace que comience a sudar frío. Entonces me fijo en los detalles de su cara, mi cara, pero demacrada. Sus ojos, algo cansados y con ojeras. El pelo, más largo y al moverse con el viento, deja entrever el cuero cabelludo. Sus dientes, de tono amarillento. ¿Cómo he podido convertirme en él?
- Rubén, no tengo mucho tiempo, – vuelve a dirigirse a mí, mirándome a los ojos con confianza – solo vengo a darte un mensaje, para salvarte. Para salvarnos.
- Pero dime… - comienzo a preguntarle, mas me interrumpe inmediatamente.
- ¡No! No puedo contestar a ninguna de tus preguntas, es muy peligroso. Solo escúchame: debes invertir toda tu fortuna en la compañía Axis Telecom. En el plazo de dos días. Confía en mí. Confía en ti. Todo irá a mejor, lo prometo.

Entonces se da la vuelta y se dirige hacia la verja de la calle de nuevo. De repente, se para en medio del jardín y mira hacia atrás. Mira su reloj y dice:
- En un minuto y medio, recibirás una llamada de teléfono. Es Borja, va a decirte que se casa en febrero. Por si quieres una prueba de lo que te he dicho.
Se torna de nuevo hacia la calle y se va lentamente.

En estado de shock, cierro la puerta y me dirijo hacia el teléfono. Hay una parte de mí que a la que le aterra la idea de que realmente suene. Otra que, supongo por la influencia de todos los libros de ciencia-ficción que he leído desde mi infancia, desea que ocurra. No hay tiempo para pensar en las opciones, mis pensamientos de ven interrumpidos por el timbre del teléfono, que parece sonar más alto y estrepitoso que nunca, como si se tratara de una llamada desde el mismísimo infierno.
- ¿Dígame? – balbuceo, tembloroso.
Es Borja, efectivamente. Me cuenta lo de su boda en febrero, pero apenas le escucho. Mi cabeza va a estallar. Tengo que hacerle caso… hacerme caso, e invertir en esa empresa. Llamo a mi abogado y lo dispongo todo para que Axis Telecom reciba una financiación de 25 millones de euros, toda mi fortuna, incluidas las acciones de mi empresa. Como buen abogado, intenta disuadirme de esta operación, pero no le doy alternativas, ni explicaciones, claro está. No me iba a creer, y no voy a dejar que me encierren en un psiquiátrico.

Han pasado ocho meses desde ese día. Ahora hago cola en un comedor social. Estoy arruinado. Axis Telecom entró en quiebra de forma fulminante un mes después de mi inversión. Los directivos se llevaron todo el dinero a paraísos fiscales y salieron del país. Averigüé, algo tarde, que esta compañía era subsidiaria de Sixa Group, la empresa de nuevas tecnologías del novio de Elena, mi exmujer. Mi amigo Borja estaba metido en el ajo, por supuesto. En fin, no era un buen amigo después de todo. Y sobre mi yo del futuro…

Mi madre biológica tuvo gemelos, y no podía permitirse criarnos a los dos. Tuve la suerte de ser adoptado por una familia adinerada. Mi hermano fue reclutado por Elena para esta complicada estafa, ella conocía mi afición por los libros de ciencia-ficción perfectamente. Él, falto de efectivo, accedió sin pensárselo dos veces. No era diez años más viejo, solo lo aparentaba por la mala vida que había llevado. Mala vida que comienzo a llevar ahora yo. Al menos, he recuperado el valor para salir de casa. Bueno, eso es fácil cuando no tienes casa donde encerrarte. Al final, todo ha ido a mejor, como me prometió.

viernes, 5 de junio de 2015

Una copa con compañía

Charlando hoy con algunos amigos sobre relatos, me ha picado el gusanillo de colgar en el blog alguno. Este en concreto fue publicado en Aluzine de Fanzine nº7 (marzo de 2013), aunque estaba escrito (en una primera versión) en 2010. Como casi todos mis relatos son ideas o conceptos que he barajado para guiones de comic o novelas, pero que terminan germinando en forma de microrrelatos (o relatos de tamaño mediano, como este).

UNA COPA CON COMPAÑÍA

Una noche más, solo y algo cansado, se dispone el señor López a tomar una copa en un pequeño pub cercano al hotel donde se hospeda. Su trabajo, desde hace años, le obliga a estar fuera de casa varias semanas al mes. Un trabajo que, en ocasiones, le entristece y deprime, principalmente por ese motivo, la soledad tras un día de duro trabajo. Aunque ese no es el único motivo. López también alberga ese sentimiento tan generalizado de no estar haciendo lo que, hace años, tenía planeado para su futuro.

La limpieza del local deja bastante que desear, por lo que apoya los codos con cuidado en la barra. La radio suena levemente y con algunas interferencias, escuchándose un tema de Aerosmith de los años noventa, por unos antiguos altavoces colgados torcidos en la pared. La canción es triste, pero enciende levemente una chispa de alegría en el interior del Sr. López, rememorando tiempos felices. El camarero, con un aire de indiferencia ante su presencia, le sirve el ron con coca-cola que ha pedido. Y, tras un pequeño sorbo, con los ojos algo lagrimosos por las burbujas del refresco que aun chisporrotean, vislumbra como entra alguien por la puerta principal del local. Su silueta le es conocida. Sí, una vez logra enfocar correctamente la mirada, muy a pesar de la pobre iluminación del garito, ve un rostro conocido. Es Pedro.

Pedro es uno de esos adolescentes crónicos que, con sus treinta y pocos años, aun cree que es lo suficientemente joven como para no tomarse en serio el trabajo y la vida en general, o al menos eso piensa López. Además, sigue con un idealismo casi enfermizo, y viste aun como Axl Rose en sus tiempos de gloria. Vaqueros gastados y medio rotos, zapatillas de deporte y camisetas de grupos de rock.

Todo lo contrario, si así se puede definir, es López. Justo en los cuarenta, se toma el trabajo tan a pecho que un día estuvo a punto de irse al “otro barrio”. No arriesga nada en la vida, por miedo a los cambios, y cree que está de vuelta de todo. Su aspecto, con una creciente barriguita, algunas canas en el pelo, que denota además una incipiente alopecia, y bolsas en unos cansados ojos. Ha llegado a ese punto en el que viste chaqueta y corbata, aun habiendo acabado su jornada de trabajo.

El saludo de Pedro no es demasiado afectuoso, aunque López no puede evitar esbozar una sonrisa, al menos porque esa noche no va a beber solo.
Se miran a los ojos, y Pedro no tiene que decir nada. López le pide otro ron con coca-cola. Parece que se conocen bien.

Permítanme aclarar que, aunque pudiera pensarse lo contrario, entre los dos no ha existido ninguna relación sexual o amorosa. En ocasiones, Pedro ha admitido, en alguna de las largas charlas con su amigo, que no descartaba la posibilidad de cambiar de inclinación sexual con los años. López, por su parte, dejaba bien claro que en ese aspecto no tiene dudas. Pedro le responde que parece mentira que aun se considere a sí mismo “progresista”.

En cambio, la conversación que están manteniendo en el pub donde se han encontrado esta noche es diferente. López le reprocha el hecho de que a su edad aun no haya encaminado su vida laboral. Pedro sigue defendiendo que con lo que va haciendo aquí y allá va teniendo lo suficiente para vivir con su chica. Su chica, una rubia de cara angelical y cuerpo exuberante, que recuerda haber visto López hace tiempo, sin entender qué hacía con semejante “desgraciado”. En ese momento, se acuerda también de que esa noche no había llamado a su esposa, la cual tenía algunas tallas más que la pareja de su amigo, por no hablar de las primeras arruguitas y la celulitis.

Pedro da un buen buche a su copa, saca una gomilla de un bolsillo de su chaqueta vaquera, y se hace una coleta en su descuidada melena. Una vez más, se pronuncia como López intuía, diciendo que espera poder grabar un disco con su grupo de música “indie” y ganar un montón de dinero haciendo lo que le gusta. Ya están enviando maquetas a distintas discográficas y esperan que el público termine por cansarse de tanta música comercial tipo “operación triunfo”.

López le interrumpe con una risotada un tanto desmesurada. Después, torna su cara a una seriedad algo forzada, y le dice que despierte de su sueño. Que la realidad es bien distinta. Echa un trago de ron y continúa aleccionándolo sobre cómo ser una persona útil, tener un hogar, crear una familia y poner los pies en la tierra en definitiva.
Insiste Pedro en la idea de seguir sus sueños. Cree que sólo nos podemos sentir vivos si mantenemos la esperanza de poder cumplir esos anhelos que tenemos desde nuestra más tierna juventud.

Mientras, López parece cansado ya de escuchar la misma canción tantas veces, pero con el tiempo y con el trato con sus clientes, ha aprendido a saber hasta donde hay que discutir. La conversación ha llegado a un callejón sin salida. No es sensato, ni útil, ni inteligente forzar a continuarla. Intenta cambiar de tema, hablando de cómo va su equipo de fútbol esta temporada y otras banalidades por el estilo. Pero Pedro no responde.

Tristemente, el señor López levanta la cabeza y ve que, aparte del camarero, que está recogiendo las mesas, está completamente solo en la barra del pub. Paga y sale a la calle. Hace frío, respira, deteniéndose en la puerta del establecimiento por un instante, y comienza a caminar.

Pedro López vuelve al hotel a descansar. Mañana ha de levantarse temprano. Un día más.


domingo, 7 de septiembre de 2014

Pato Salvaje: la Novela (no gráfica)

Cuando en 2006 ya tenía claro el destino de Pato Salvaje y su serie (el exterminio de ambos), mientras preparaba los números 5 y 6 de Pato Salvaje Universe, tuve el impulso de resetear al personaje, comenzando a darle nuevas aventuras en otro formato: la novela. Desde pequeño, siempre me gustó escribir, casi tanto como dibujar, supongo que es por ello que me siento tan guionista como dibujante. La idea de narrar de nuevo el origen de mi personaje "insignia", dotándolo de más profundidad, añadiendo nuevas historias de su pasado, y revisitando las aventuras ya conocidas, pero desde una óptica diferente, me hizo comenzar a organizar un guión de lo que sería una serie de novelas del pato mutante, llamadas Las Memorias de Pato Salvaje, cuya primera entrega trataría su origen, como era de esperar. De hecho, el texto que adjunto a continuación, fue escrito paralelamente al proceso de dibujo del número 5 de la serie, publicado en ese año 2006.
La idea era contar la historia en primera persona (como los textos que acompañaban a las primeras aventuras de este personaje), y para ello la excusa perfecta que se me ocurrió fue que acudiera a una terapia, animado por su novia Flipping-Girl (a la que llama Jenn).
Finalmente, por los mismos motivos que dejé aparcado el comic (trabajo, familia, otros proyectos...) también abandoné de forma indefinida esta primera novela de Pato Salvaje. No obstante, es posible que algún día (¿cuando me jubile quizás?) vuelva a retomarla y contar todas esas historias que comencé a definir.

Os copio pues la introducción y el primer capítulo:

Las Memorias de Pato Salvaje I:
Mutaciones descontroladas

INTRODUCCIÓN

Me dispongo a ir al psicólogo. No es que crea que lo necesito, pero mi chica, Jenn, se empeña en ello. Según ella tengo en mi interior guardados una serie de sentimientos que algún día podrían despertar, en el peor de los momentos, y acabar con mi vida. Hay que darle la razón en eso, ya que mi trabajo suele ser un tanto arriesgado, y las sorpresas, emocionales o no, no son recomendables. No sé si espera que me reforme, o que me arrepienta de cosas que he hecho y que la mayoría de la gente diría que son abominables. ¡Qué diablos! Ella ni menciona siquiera la típica frase “¿cómo te ha ido el día?” por miedo, supongo, a que le responda dando detalles. Pero es una buena chica, y sé que de verdad me aprecia, si no, no estaría aun conmigo (aparte del motivo del sexo), ya que mi cara no es precisamente la de Brad Pitt y mi cuenta corriente no es tan exorbitante como la de su ex-novio. Sí, estoy aquí, en la puerta de un psicólogo por ella. Así es el amor... y si este matasanos me incomoda lo más mínimo... le estrangularé con sus propios intestinos después de haber intentado introducir lo más profundamente posible el diván en su recto. Tengo la impresión de que esta tarde lo voy a pasar bien.

Entro en la consulta. La chica que me recibe me mira un tanto sorprendida. No debe ser por mi aspecto, ya que este tal Dr.Walters está especializado en gente como yo, un tanto especiales. Jenn me lo recomendó porque un compañero suyo (también algo... inusual) asistió a su terapia de psicoanálisis tras un reciente trauma sufrido en un ataque a su casa, donde perdió algún que otro miembro en el conflicto. Pero la secretaria no está sorprendida por mi belleza natural, no. Atisbo un fluido en la comisura de sus labios... parece que el buen doctor intenta diversificar las actividades de su empleada, y debo haberles pillado en plena faena.
Finalmente, me invita a pasar a la sala contigua. Veo un diván. Sonrío. Esta chica no puede imaginar en lo que estoy pensando ahora mismo, aunque seguramente le daría a este mueble la misma utilidad que yo pensé hace un momento para el doctor.
Por fin aparece Walters. Me siento decepcionado, quizás esperaba que entrara por la puerta Frasier. Veo demasiada televisión (otra observación jocosa de Jenn). Me mira de arriba a abajo. No le lleva mucho tiempo, ya que mido un metro sesenta. Me siento en el diván y comienza a largarme un discurso de lo más aburrido. Dos de cada tres palabras que dice se pierden antes de entrar en mis oídos. No me importa. Pide relajación. Seguro que él usa alguna sustancia digamos... ilegal para relajarse. Todos los matasanos lo hacen. Como imaginaba, para intentar conocer mis motivaciones, mis miedos, mis sueños, solicita que cuente la historia de mi vida, desde lo primero que recordara de mi niñez. Bueno, espero que tenga bastante estómago para escuchar lo que viene a continuación.


PARTE UNO: ORIGEN

Capítulo I: El estanque (o “¿un vaso de agua contaminada?”)

Hay momentos que no recuerdo. Debe ser por el mismo efecto que las sustancias tóxicas y radioactivas. O quizá porque han pasado casi treinta años. Lo más seguro es que se deba a que, independientemente del estado de mi código genético, yo sólo tenía unos meses. Es la parte de mi vida que jamás conoceré, mi madre... mi padre... mi huevo.
Sí, yo sólo era un pequeño patito de granja. Seguramente alguien me compró para su hijo en alguna feria de ganado de cualquier pueblucho de la llamada “América profunda”, cerca probablemente del Valle de Chaseville, primer lugar que recuerdo. En él se halla el estanque, mi estanque. Estanque donde me abandonarían cuando, pasados unos meses, el bonito patito de suaves plumas, se convirtió en un pato algo más voluminoso, ruidoso y, seguramente, inclinado a dejar sus excrementos sobre algún objeto muy apreciado por la madre o el padre del pequeño al que pertenecía.
Todo esto son conjeturas, lo sé, pero a veces me gusta pensar en ello. Aunque doy gracias por aquella egoísta acción, que desembocó en lo que soy ahora. Nunca he añorado una vida normal.

Siendo sincero, el primer recuerdo que tengo es el estanque, de tranquilas y turbias aguas. Calculo que podría tener varios kilómetros de perímetro, rodeado por un pequeño bosque, tras el cual había una autopista interestatal, que emitía guturales sonidos de rugientes motores y, en ocasiones, estrepitosos ruidos de neumáticos rechinando y cristales y chapas quebrándose. Junto a la orilla y bajo el agua, botellas, latas de refrescos que ya ni se comercializan, un carrito de supermercado y una serie de bidones con unas inscripciones que más tarde descubriría que se referían a “material radioactivo”. Además, cada cierto tiempo llagaba un camión cisterna y vertía a través de una manguera unos residuos de color negruzco que hacían que en varios días hubiera peces muertos flotando en esa zona. Sí, peces grises, insectos y algún que otro batracio eran la compañía habitual. Y también la dieta. Pero yo no estaba en lo alto de la cadena alimenticia, ni mucho menos,  ya que me vienen imágenes de algún predador, caimanes según creo, de los que tenía que huir bastante a menudo.